Crisis de refugiados: de Atila a Putin

Atila cruzando el Rhin (grabado a partir de una obra de Alphonse.
de Neuville recogido en Una historia de Roma, Philip Van Ness Myers, 1917).
Wikimedia Commons / Internet Archive Book Images

José Luis Zamora Manzano, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Tewise Yurena Ortega González, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

La movilidad de la población o su deslocalización se produce a consecuencia de las crisis económicas, los cambios climáticos y las situaciones de conflicto, como la que está sufriendo Ucrania a raíz de la invasión rusa. Este grave suceso está provocando una diáspora de refugiados que atraviesan las fronteras huyendo de las consecuencias funestas de una barbarie sin sentido.

A ciencia cierta, no se sabe cuánto durará el conflicto, si semanas o meses, incertidumbre que azota, principalmente, al pueblo ucraniano, además de a los mercados internacionales, la economía, el comercio y que, sin lugar a dudas, nos pasará factura a todos.

La historia da lecciones de las que nunca logramos un aprendizaje, provocando situaciones que se repiten a lo largo de los siglos. Uno de los episodios que queremos destacar de la historia del Imperio Romano en materia de crisis política ante el problema de la migración tuvo lugar en el año 376, cuando miles de godos se empezaron a concentrar en los confines del imperio, en concreto, en la línea fronteriza natural del río Danubio.

La crisis se había originado por parte de los hunos, haciendo que miles de desplazados, huyendo del conflicto bélico, quisieran atravesar la frontera escapando de las hordas de Atila, como nos informa Amiano Marcelino.

Operación Danubio

Por razones humanitarias, se permitió a los godos atravesar la frontera, asumiendo el emperador los costes y el envío de medios para favorecer los traslados por el río Danubio y su posterior conducción a Tracia: barcas, almadías o troncos. Esta operación no estuvo exenta de problemas, ya que durante las evacuaciones muchos cayeron al agua y no lograron nadar hasta la orilla, pereciendo ahogados debido a las crecidas anormales del río.

Aunque a priori, el imperio manifestó su intención de apoyar a los refugiados materializándolo con hechos, lo cierto es que, en palabras del propio Amiano, esta población fue considerada como plebe truculenta y como aquellos que serían los “miserables peligrosos” y “futuros destructores del imperio”.

La administración romana no pudo atajar el problema; los oficiales enviados para controlar a los migrantes fueron incapaces de elaborar un censo con el número de refugiados que pasaban y que superaron la cifra de 200 000. Los primeros transportados visigodos lograron el beneplácito del emperador Valente, el cual concedió a los refugiados la asistencia humanitaria necesaria y les proporcionó terrenos de cultivo.

El problema se originó por dejar pasar a través de las fronteras a los bárbaros armados. El emperador había ordenado que entrasen sin armas por el río; sin embargo, los oficiales eludieron este mandato expreso sin hacer denuncia de estos hechos a cambio de que los godos prostituyesen a sus esposas e hijos, una situación lacerante y atroz. A esto se sumó la deficiente gestión de los oficiales romanos Lupicino y Máximo, designados para gestionar la crisis migratoria. Su comportamiento provocó la ira de los refugiados.

La pésima política que trató de controlar la migración del pueblo godo sobrepasó la capacidad administrativa romana; de hecho, lo que había comenzado como un establecimiento controlado de refugiados degeneró rápidamente en una afluencia masiva de muchos más, lo que desencadenó una situación de hambruna que Roma no estaba dispuesta a asumir.

Este escenario provocó una revuelta que llevó a seis años de saqueo y destrucción a través de los Balcanes, la muerte del emperador Valente en Adrianópolis en el 378 y la aniquilación de todo un ejército romano, todo ello por una imprudente política migratoria que derivó en la caída del imperio de occidente.

El éxodo mediterráneo de 2015

No podemos volver a cometer los errores del pasado, pero lo cierto es que en estos días en los que de nuevo vivimos una crisis profunda de refugiados ucranianos, asistimos a un fenómeno que también es parecido a otro que tenemos más reciente en nuestras memorias, el del año 2015 en el Mediterráneo. Entonces, casi un millón de refugiados e inmigrantes llegaron a las costas europeas procedentes de Afganistán, Irak o Siria. Más de 3 550 personas perdieron la vida en un año. En el caso de Ucrania, el escenario bélico ha forzado el desplazamiento de más de cuatro millones de personas.

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Rescate de refugiados en el Mediterráneo por un barco irlandés el 15 de junio de 2015.
Wikimedia Commons / Irish Defence Forces, CC BY

Desde las hostilidades que comenzaron el 24 de febrero, no deja de producirse el éxodo masivo de mujeres, niños y ancianos que reviven una imagen, dura y triste, grabada en nuestra retina, la de Aylan Kurdi, el niño sirio ahogado en una playa de Turquía como consecuencia del conflicto.

¿Qué tiene que ocurrir para remover nuestra conciencia como aquel trágico episodio que dio la vuelta al mundo? ¿Qué esperar de Putin y este conflicto? ¿Su apego al poder como autócrata que pretende perpetuarse tras la reforma constitucional?

Quizá entre Atila, rey y líder guerrero, y Vladimir Putin, presidente de Rusia, existan similitudes, no solo por la búsqueda del poder económico y social, sino territorial.

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Civiles y soldados ucranianos se refugian bajo un puente en Kiev el 5 de marzo de 2022.
Wikimedia Commons / Міністерство внутрішніх справ України, CC BY-SA

Vulneración de los derechos de los refugiados

Nos movemos en un mundo globalizado, cada país cuenta, pero no deben existir posturas con ambages sin respuestas claras en el conflicto. Como siempre, el refugiado es el más débil y las políticas migratorias imprudentes pueden provocar consecuencias nefastas y daños irreparables.

Es verdad que la Historia nos da lecciones, pero la crisis de refugiados no puede suponer la vulneración de sus derechos humanos, ya que huyen de un conflicto y no podemos permitir que algunos se aprovechen de su situación para que sean utilizados como moneda de cambio, especialmente los más débiles: los niños y niñas.

Y que no se repitan fenómenos como los que acontecieron en la crisis de 2015, cuando la desesperación y el abandono llevaron a decenas de menores refugiados a caer en las redes de la prostitución y en la explotación laboral.The Conversation

José Luis Zamora Manzano, Profesor Titular de Derecho romano, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Tewise Yurena Ortega González, Profesora Ayudante Doctor de Derecho Romano, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Author: viajes24horas